Correr porque sí, no hay más – Sierra Tarahumara, Parte II

Hay algo tan universal en la forma en que correr reúne dos de nuestros impulsos más primarios: el miedo y el placer. Corremos cuando estamos asustados, corremos cuando estamos extasiados, corremos cuando huimos de nuestros problemas y correteamos en busca de diversión, dice Christopher McDougall, autor de Nacidos para correr.
Estos impulsos primarios bien podrían aplicar a los corredores amateurs, que hoy encontramos cientos de razones para ponernos los tenis y salir a correr. Pero los motivos y la manera en la que corren los tarahumaras es algo completamente distinto.

Ellos corren desde que son muy pequeños, podríamos decir que desde que nacen, porque algunas de las madres recorren distancias largas para llegar al hospital a dar a luz o los padres han tenido que correr por las barrancas, con sus bebés recién nacidos bajo el brazo para llegar al hospital tras una complicación en el parto.
Cuando son niños, corren para jugar, luego corren como un medio de transporte, para ir a la escuela, para ir a trabajar. Corren para alejarse del ataque, corren para divertirse, corren para sobrevivir. Correr diario, es su forma de vida.

Los vi correr con sandalias de suela de llanta atadas con lazos delgados de cuero. Corren mirando al frente, concentrados, sin el menor indicio de dolor en rostro. Los vi detenerse a tomar un poco de agua con pinole, preparado por la mamá de quien ganaría la competencia. Todos tomaban un trago del mismo vaso, ella lo rellenaba con una cucharada más de pinole y un chorrito de agua. Se detenían un segundo, daban un trago y seguían corriendo, sin perder la cadencia; con la seriedad y certeza que tiene alguien que sabe a dónde va y sabe que llegará. Los tarahumaras observan sin atosigar, sonríen poco.

El ganador del Ultramaratón de los Cañones 2013, fue Miguel Lara, un joven de 22 años que corrió 100 kilómetros en 8 horas y 40 minutos. Al cruzar la meta, tenía un gesto ecuánime, su cara no denotaba el agotamiento que 100 kilómetros deberían de haberle causado, tampoco mostraba mucha alegría. Su gesto era tranquilo, tal vez pensativo. Tuve la oportunidad de hacerle algunas preguntas. Se sentía bien, decía, no sabía ni siquiera el tiempo que había hecho corriendo, creo que le era indiferente. Ese día en la tarde, tendría una fiesta. El año anterior, después de correr, se reunió con sus amigos para jugar basquetbol en el pueblo. Contestaba a las preguntas sin mirar a quién se las hacía, muy tranquilo.
Es increíble verlos, literalmente increíble. El sonido de sus chanclas al pisar la piedras es constante y rítmico. Sus piernas son delgadas, se mueven cíclicamente, como ruedas. Su piel está muy quemada por el sol.

Y las mujeres corriendo: ¡maravillosas! Visten sus faldas de flores de colores y sandalias. Su forma de vestir, será otro cosa que contar, es como si quisieran traer el arcoiris entero encima. Cuantos más colores mejor.

Las vi cruzar la meta, perfectas, fuertes, femeninas. Las historias detrás de ellas son conmovedoras. Mujeres como Catalina, de 13 años, la competidora más joven del ultramaratón, quien quedó en 2o lugar en los 63 kilómetros, corriendo con la intención de ganar para comprarse su uniforme de la escuela. A Catalina, la acompañó su papá durante la competencia, es decir, corrió con ella la misma distancia, la cuido durante el recorrido.

Otra mujer impresionante es Julia Ramírez, de 64 años, ganadora de los 100 kilómetros en la categoría de veteranos. Julia apenas sonrió al recibir la medalla, vestía falda verde, blusa morada y un pañuelo con la imagen de la virgen en la cabeza.

Ellos cruzaban la meta con pocos aplausos, ¿por qué aplaudir a algo tan natural como correr? ¿qué tiene de maravilloso completar una distancia “ligeramente” más larga a la que corren diario?

No encontré ningún guiño de sobresalto en los ojos de los tarahumaras, sólo gestos de fortaleza inquebrantable. No hay gozo, no hay dolor, no hay festejo, no hay ademanes. Correr porque sí, correr y ya, no hay más.

Aquí algunas fotos de lo que vi, de los primeros corredores en cruzar la meta, los Tarahumaras:

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La foto de la porta de esta publicación es de Sugeyry Gándara, una extraordinaria fotógrafa de Chihuahua. Su mail para información de su trabajo es: sugeyry@gmail.com

14 Respuestas a “Correr porque sí, no hay más – Sierra Tarahumara, Parte II

  1. Que merito tan grande el del joven Miguel Lara, aunque un caso aparte es el de la señora Julia Ramirez, con 64 años y completando el ultramaraton.. Esto motiva no solo a correr, a entrenar, sino tambien a valorar y ver la vida diferente.

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  2. Hello Veronica, I just discovered your blog through Gabriel’s sharing on FB. Thank you for sharing such beauty and love for running. It makes even me want to run! 🙂

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  3. Con lágrimas he leído tu relato y visto las fotos. Gracias. Gracias. ¡Oh, cuánta queja inútil hay en nuestras vidas! ¡Cuántas cosas que no hacemos y debemos hacer! Infinitamente gracias por compartir esto. Un vuelco en mi vida… ¡Que nunca se me olviden esas imágenes de esas mujeres corriendo! Saludos desde Guadalajara

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  4. Pingback: Correr porque sí, no hay más – Sierra Tarahumara, Parte II | Vamos por más km!·

  5. Extraordinario.

    Aquí en mi país (Costa Rica), hay un lugar llamado Sitio Gilda, Turrrialba. En él, vive una formidable indígena de la etnia cabécar, Andrea Sanabria. Hay una carrera de 34 Km., empezando a 1400 metros, promediando a 3400 y de vuelta. Ella ha ganado 6 veces consecutivas. Para llegar camina 2 días hasta la salida de la carrera. El año antepasado, llegó con su bebé de 1 mes. Luego de corrida la carrera, avistó a su hijo. No más verlo…le dio pecho.

    Son sensacionales nuestros pueblos indígenas. Las mujeres, en particular.

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