La hermosura de la Sierra Tarahumara

Lo imaginaba lo que vería, no estaba lista para verlo, tal vez nunca se está listo para ver las barrancas de la Sierra Tarahumara. Tras casi 10 horas de viaje, llegué a Guachochi, Chihuahua, sin tener la menor idea de lo que me esperaba.

Había empezado a leer el libro “Nacidos para correr” de Christopher McDougall, un periodista, corresponsal de guerra y colaborador de publicaciones como el New York Times. Él, en un intento por descubrir el secreto de los Tarahumaras para correr como lo hacen, se internó por unos días en las Barrancas del Cobre, para después narrar su experiencia en un lugar que califica como un mundo perdido, famoso por tragarse a los inadaptados y desesperados que se pierden en su profundidad. En el libro, cuenta haber oído de la “fiebre del cañón”, el delirio al que puede conducirte la desolación de las barrancas. Describe detalladamente sus sentimiento al ver la majestuosidad del lugar; intenta narrar con mucho detalle los hábitos de la cultura rarámuri, su misteriosa ecuanimidad, su invisibilidad y resistencia , su peculiar manera de responder a las agresiones poniendo tierra de por medio, corriendo lo más lejos y más rápido posible, haciendo honor al significado de la palabra rarámuri: pies que corren.

Según cuenta el autor, en la tierra de los tarahumaras no existe el crimen, ni el robo. No hay corrupción, ni obesidad, no hay drogadicción, ni avaricia, no padecen problemas de presión arterial o afecciones cardiacas. Los tarahumaras no se enferman de diabetes, ni se deprimen. Su sistema financiero es único, está basado en “actos aleatorios de desprendimiento”, están obligados a compartir lo que les sobra y en lugar de dinero, intercambian favores y ocasionalmente, cerveza de maíz. Los describe como “inhumanamente honestos” y dice que algunos investigadores han llegado a especular que tras tantas generaciones de honestidad, el cerebro tarahumara es químicamente incapaz de producir mentiras.

Lo que McDougall dijo en 400 páginas no fue ni una cercana preparación para lo que habrían de ver mis ojos. Por lo que después de unas semanas de tratar de asimilar lo vivido, no encuentro las palabras justas para transmitirlo. Tal vez, lo que vi en cinco días, me daría material para investigar y escribir por los próximos meses. Tal vez eso haré, y tendré que ir compartiéndolo por partes.
Llegué a Guachochi, por una invitación para cubrir el Ultramaratón de los Cañones (aquí mi primera nota al respecto).

¿Qué es un ultramaratón? Cualquier carrera de una longitud mayor a la distancia oficial del maratón (42.195km). En este caso, fue una competencia de 62 y 100 kilómetros. Sí, CIEN. Yo puse la misma cara que tú, yo también pensaba que era una locura, hasta que vi la Sinforosa, la barranca por la que corren o más bien brincan, gatean o se arrastran los corredores. En ese momento entendí porque alguien querría someter a su cuerpo a correr esas distancias.

Mi misión de reportera inició a las 4:30 am, para llegar a tiempo, antes de que los corredores arrancaran. Corrieron los primeros kilómetros a obscuras, con frío y un poco de lluvia, en un terreno completamente irregular. Yo, dentro la caja de una pickup de policía, junto con compañeros periodistas, observé a los corredores punteros volar -no corriendo-, los primeros 17 kilómetros antes de llegar a la orilla de la barranca. Todo me seguía pareciendo absolutamente insensato, inhumano. Los Tarahumaras viven ahí, recorren esos trayectos a diario para ir a trabajar, están acostumbrados a eso y saben los desafíos que les espera en la barranca, pero los valientes que no viven ahí, ¿por qué se harían eso a sí mismos?

Llegamos pues, al borde de la Sinforosa. En ese momento, al estar frente de esa extensión rocosa tan inmensa, me convertí en roca también. La magnitud de la barranca no se compara con nada. He tenido la suerte de ver espectáculos naturales de dimensiones irracionales, pero esto no se parece a nada, ni al horizonte infinito del desierto o el mar, ni la garganta de Tundra en Marruecos, a nada. Mi mente lo registró como un planeta que había colapsado con la tierra y un trozo se había quedado ahí, atorado.

Las rocas de la barranca han sido disfrazadas por la humedad, con una alfombra verde. Las cúspides de estas montañas, estaban a la altura de mis ojos. Imagínalo, montañas gigantes, donde tú estás a la altura de la cima, ¿qué sigue? Voltear hacia abajo. 1830 metros hacia abajo. Poco se veía a esas horas de la mañana, había una masa de nubes, un cielo entero en movimiento, tapando las paredes rocosas, como queriendo establecer que ese lugar, tan alto y tan inmenso sólo les podría corresponde a ellas. El horizonte entonces, era lo menos importante. La profundidad era lo verdaderamente abrumador.

Pocas horas después, cuando las nubes abrieron y me dejaron ver la barranca completa, entendí que correr 100 kilómetros hace todo el sentido del mundo y ahora no sé cómo vivir con la tentación de bajar la Sinforsa y ver eso que pocos ultramaratonistas vieron. Una parte de mi no quiere, pero otra no puede con la curiosidad de saber, porqué los Tarahumaras cruzaban la meta sin gesto alguno, en un estado de profunda paz. Y qué fue lo que vieron todos los demás valientes, que los hacía llegar en un estado de éxtasis inexplicable. De eso, les contaré en la próxima publicación.

Aquí algunas fotos de lo que vi:

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Aquí una vista panorámica de la Sinforosa:
La Sinforosa Guachochi Chihuahua in Mexico

8 Respuestas a “La hermosura de la Sierra Tarahumara

  1. Que bonita es nuestra Sierra la verdad. No hace falta ir lejos ni mucho menos a otros países para apreciar de paisajes naturales como las que encontramos en nuestras barrancas. Ya tengo mucho años de no andar por esos rumbos así que creo es tiempo de ir planeando un regreso.

    Bonitas fotos, pero mejor la introducción del post que nos transportaste hasta allá.

    Saludos desde el norte de la Rep! 😉

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