Escalas gastronómicas en Siem Reap.

En pocos países he visto gente tan sonriente y feliz como en Camboya, aún cuando sus habitantes viven en condiciones de pobreza inimaginables la gente sonríe y ríe mucho. Después de décadas de guerra, hambre, enfermedades e inestabilidad política, hoy los camboyanos parecen estar siempre felices, felices de estar vivos, tal vez.

Una de las mejores formas de conocer este país, y especialmente los templos de Angkor Wat en la ciudad de Siem Reap, es uniéndose al modo de transportación local: la bicicleta. La mayoría de los hoteles tienen algunas disponibles para sus huéspedes y hay locales que las ofrecen en renta por 3 o 4 dólares el día.

La ventaja de recorrer los templos en bicicleta es poder hacer escalas técnicas al gusto, que generalmente incluyen una piña fría en rebanadas, rambutanes o un agua de coco.

Corrí pocos kilómetros en Camboya, pero recorrí 25 pedaleando y en una de las paradas me acerqué a un bici-puesto donde había gente local comiendo algo que los hacía tantito más sonrientes de lo habitual. Rodeaban una caja roja, una especie de hielera de donde salía la felicidad. Había frascos de vidrio con ajos rebanados y un plato con una hierbita verde picada.

Yo no podía reconocer lo que comían. Todos tenían un platito azul con lo que parecía un huevo cocido común y corriente. El huevo tenía un hoyito en el cascarón, donde introducían una cuchara.

Los niños sonreían y reían a cada bocado, y rieron más al ver la cara de asombro cuando me asomé a ver lo que comían -“baby duck”- me dijeron. Nadie hablaba inglés, y poco podían explicarme de lo que se trataba, pero yo pude ver claramente la forma de un ave que seguramente en pocos días habría nacido pero que estaba literalmente cocida y en forma de huevo. Uno de los niños abrió el cascarón para enseñarme, había plumas, pico, patitas. Era tal su forma de disfrutarlo, que no recuerdo haber sentido asco, sentí más bien espanto. Ahí la rara era yo por no entregarme al manjar embrionado.

Después investigué y efectivamente, se trata de un embrión de pato, que se pone a herbir pocos días de que este listo para nacer. Lo llaman ‘balut’ y es una botanita común en varios países asiáticos, lo consideran muy bueno para la salud e incluso afrodisiaco. Lo comen acompañado de ajos rebanados en una salsa aceitosa, limón, sal y menta picada.

Pocas son las veces que no he probado alguna comida en un país diferente, pero los camboyanos me demostraron que sí hay horizontes gastronómicos que se deben de evitar. Sobra decir que continué mi recorrido en bicicleta reconsiderando seriamente el vegetarianismo y creo que sólo comí mangos y plátanos el resto del día.

Aquí un par de fotos de lo que vi y un video que encontré de alguien más valiente que yo que pudo grabar la escena:

Camboya es un sueño y la escena de pesadilla se difuminó cuando vi este atardecer en Siem Reap:

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Para quitar el mal sabor de boca, te invito a leer: ¿Por qué la gente sonríe tanto en Camboya?

2 Respuestas a “Escalas gastronómicas en Siem Reap.

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